jueves, 8 de mayo de 2014

La maldición del gay arrogante


Que si eres la onda, el más guapo de tus amigos, el exitoso. Que si tienes varios tipos detrás de ti, que si eres demasiado bueno para cualquiera o que nadie merece ni siquiera acercársete. ¿O qué tal cuando piensas que nadie se te puede igualar y que con solo mover un dedo (o la lengua) podrías “destruir” a alguien y hacer de su vida un infierno a base de chismes y demostrando tu superioridad a cualquier precio? ¿Alguna vez han pasado pensamientos como esos por tu mente? Si es así, déjame decirte que no eres especial, ni único, ni mejor que otros. Déjame decirte que no eres más que uno más en el montón de todos esos homosexuales arrogantes que se sienten Dioses, pero no pasan de inventados.

¡Uy! Sé que el saco les va a quedar a la medida a muchos de los que están leyendo, y la verdad es que me importa muy poco si se sienten ofendidos o no. Ya saben, no todos estarán contentos con lo que uno piensa. Pues bueno, esta semana he estado analizando detenidamente a esas especies de las que les contaba. Esos que sienten que los parió la mismísima Afrodita, la virgen María o peor aún, que aunque sean hijos de Panchita la de los tamales se sienten soñados e intocables únicamente por el hecho de ser gays.

Si yo les contara… Mi adolescencia después de mi aceptación transcurrió en una ciudad en la que hasta el más feo se siente Ryan Gosling, el más jodido cree que es hijo de Donald Trump y cualquiera tiene aspiraciones a ser como Regina George de Mean Girls. Claro, cualquiera puede creer que sólo por ser gay tiene el derecho divino a ser arrogante, creído, altanero y despectivo con las demás personas. 

Yo no sé quién les dijo que el hecho de ser homosexual venía atado a adoptar una actitud de “queen bee”. Y no me digan que no, puedo apostar mi testículo izquierdo a que la mayoría de los que me están leyendo alguna vez se sintieron capaces de humillar a alguien, se las dieron de “poderosos” o rechazaron a tal o cual por pensar que no estaba a su nivel (cualquiera que este sea). ¿No?

¿Cuántos no le han lanzado una mirada de superioridad a otro? Así sea al ex de tu pareja, al amigo, a aquél que no se viste igual que uno. Y ojo, que no digo que TODOS; sin excepción, lo hayan hecho, pero al parecer un gay por naturaleza se cree mejor que otros, y no es que esté mal, sólo que no siempre es correcto.

Ya saben que me vale madre si se ofenden, ¿verdad? Entonces puedo decir lo que pienso sin problema alguno. Ok, ahí les va… ¡Bájense de su nube! Ni son intocables, ni el oasis en medio del desierto, ni mucho menos realeza, celebridades o siquiera famosos. Cómo me da risa cuando veo en Facebook o Twitter a alguien que se cree “famoso” por ser medio guapo, al grado de llamar a sus seguidores “fans”, de publicar que fulano de tal no le llega a los talones, que jamás va a ser como él. ¿Acaso no se dan cuenta de que están haciendo el ridículo? Quizá no, y el motivo está en que muchos les siguen el cuento, los animan a seguir únicamente por ser atractivos

La realidad de las cosas es que si existen esos tipos arrogantes es porque uno mismo lo permite, porque los alaba, los halaga, les da el poder de sentirse de esa manera y de pensar que son mejores o superiores a los otros. ¿Por qué? ¿Por qué las personas sienten esa estúpida necesidad de tener a alguien a quién seguir? ¿Falta de autoestima? ¿Calentura? Cualquiera que sea la razón por la que andan ahí de lame huevos no es más que un reflejo de la necesidad propia de aceptación, de esa inseguridad al creer que jamás llegarán a ser como tal o cual.

Se quejan de que alguien se sienta “diva” e “inalcanzable”, pero son ustedes mismos los que los ponen en esa posición, los que les dan el poder de creer que realmente lo son. ¡Ni qué decir de aquellos a los que ni siquiera les queda! Esos que juntan sus pesos para ir al antro, que no son tan atractivos o que nada más porque se les dio la gana se creen hijos de la reina Isabel. Los invito a verse frente al espejo, a dejarse de falsedades, de dárselas de populares y de sentirse tan perras. No saben la pena que dan, porque en lugar de verse mejor, lo único que causan es lástima. Y es que todos sabemos que a fuerza ni los zapatos entran, y que por más que muchos intenten verse “cool” a cualquier precio, hasta para ser arrogante hay qué saber cómo hacerlo.


Creo fielmente que no todo gay adopta esas actitudes, que aún existen esos a los que les vale si son populares o no, a los que no les importa si su selfie sin playera gana más de 200 likes, esos que entienden que ser homosexual no significa tener que actuar como “perra” o demostrarle a nadie que es mejor. Quiero creer que la maldición del gay arrogante no aplica en todos, que por más que la vanidad y el ego se hagan presentes, aún existen aquellos que en lugar de tratar de humillar, sentirse más y mirar a otros sobre el hombro, saben que no hay necesidad de hacerlo, porque lo que eres no se define por el grado de aceptación que te muestren los demás, sino por el que te demuestras tú mismo, día con día, mirándote al espejo. 

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